domingo, 22 de mayo de 2016

Recuerdos de unos días de verano


Para A.C.B. y V.T.

He borrado muchos recuerdos de mi adolescencia. Algunas veces me he sentado con mis amigas del colegio a recordar sucesos de ese entonces y escucho sus historias como si no fuesen también mías. El tiempo ha ido purgando sin piedad mi memoria. Hay algo, sin embargo, que sí recuerdo bien: los veranos entre los 15 y los 17 años. “Veranos”, digo, un poco llevada por la nostalgia, porque hay poco en nuestros veranos que se parezca a los auténticos veranos del hemisferio norte. Ni la sensación distinta en la piel, ni el cambio de ritmo en las calles, los ruidos, los olores, ni la visión del sol como resurrección, ni el cambio de atuendo, ni los días largos, ni el nuevo modo de pasar el tiempo. Eran nuestras vacaciones, sin embargo, y lo único que teníamos era tiempo que empleábamos de lleno a la poesía. ¡Qué días aquellos!

Durante una semana, y algo más, bebíamos poemas de sol a sol durante el Festival Internacional de Poesía de Medellín. Éramos jóvenes. Vivíamos en una burbuja muy alejada de la realidad de la ciudad, pero durante el festival nos movíamos por todo Medellín como peces en el agua. A lo largo del día había múltiples recitales en distintos puntos de la ciudad y en un día podíamos andar lo que no habíamos caminado por el Valle de Aburrá durante todo un año. Íbamos por el centro, los parques, los centros de la cultura que ni sabíamos que existían, bibliotecas de medio pelo, el jardín botánico, estaciones de metro. Planeábamos rutas estratégicas para optimizar lo mejor posible nuestros días.

Durante estos tres años estuvimos en la apertura y en la clausura del festival, en un teatro al aire libre, el Carlos Vieco, sentadas sobre las graderías de asfalto durante horas y horas. Llevábamos nuestros cuadernos, escribíamos. Y sobre todo, escuchábamos. Escuchábamos con una atención piadosa, sedienta.

Después de los recitales nos acercábamos a los poetas, tartamudeábamos algo, le pedíamos un autógrafo en el capítulo correspondiente al poeta en las memorias del festival, que compilaban un par de poemas de cada invitado. Recuerdo una poeta del Medio Oriente que me escribió algo en árabe. “El mundo necesita del amor. Y tú eres el amor”. Sonará a cliché cursi-poético-rancio, y ahora no puedo pensar en ello sin una risita irónica, pero en ese momento éramos más ingenuas, más sencillas y esas cosas nos emocionaban. En los recitales y en los encuentros con los poetas encontrábamos una alegría muy pura, veíamos en ellos un aura un tanto mítica que ahora no veo en nadie. Y era bellísimo. Tengo vivos recuerdos de muchos poetas.

Andrea Cote, por ejemplo. Una joven poeta colombiana que perseguimos por toda la ciudad. Era joven, guapa, gran poeta: era todo lo que queríamos ser. Hablaba de Barrancabermeja, su tierra (“¿de Barranca puede salir algo bueno?” pensaríamos), su puerto calcinado. Solía usar en sus poemas la figura de su hermana (creo), María. “¿Te acuerdas, María…?” Muchas veces he tenido diálogos con esa María suya (ahora mía) que empiezan de esa manera. No nos perdimos uno solo de sus recitales, aunque eso implicara cambiar nuestros planes metódicos y nos exigiera perder más tiempo en transporte. La inauguración y la clausura eran multitudinarias, pero el resto de los recitales eran más íntimos. Un día nos miró y nos sonrió: nos había reconocido. Hablamos un poco con ella, le expresamos nuestra admiración, nos miró con cierta ternura. Nos vería tan jóvenes e idealistas e ingenuas. Otro día finalmente nos tomamos una foto con ella y nos dio su correo para que se la enviáramos. Recuerdo haberle escrito y aún gmail guarda su respuesta.

Uno de los autógrafos de oro era el de Wole Soyinka, premio Nobel de Literatura en 1986. Nunca habíamos oído hablar de él, por supuesto, pero-era-nobel. Aunque lo más sorprendente era que, en realidad, no lo parecía. Ni caminaba con solemnidad, ni pontificaba, ni iba rodeado de séquitos. Recuerdo haberlo visto, un poco antes de que comenzara el recital en el parque de EPM, caminando solo, meditativo. Lo del autógrafo también fue fácil. Es lo que tiene la poesía. Con los premios Nobel de Literatura que son conocidos por su narrativa debe ser otra cosa. De hecho, hace unos días estuvo Svetlana Alexievich en Bogotá y, según me contaron, había tanta gente para escucharla que fácilmente se habría tomado la fila por la de un concierto de One Direction. ¿Se imaginan a Vargas Llosa caminando silencioso y solitario entre la gente que va a escucharlo?
Juramos guardar como un tesoro el autógrafo de Soyinka y hasta el bolígrafo con el que nos firmó el libro. Quizá algún día me hubiera sacado de pobre. Pero no, ambas cosas se perdieron con el resto de recuerdos de entonces.

También me acuerdo especialmente de la poesía de los nativos americanos. Me sorprende recordar ahora con tanta claridad los nombres de estos poetas: Allison Hedge Coke, Sherwin Bitsui, Joy Harjo. Fue cuando conocí también a Hugo Jamioy y a su hijo, dignos representantes de la poesía de nuestras tribus.

De Ernesto Cardenal me acuerdo, sobre todo, de su figura. Su boina negra sobre un pelo un poco largo, blanquísimo, barbas blancas y siempre la misma camisa también blanca. Sonreía afablemente. Escuchaba. Así lo vi un día, sentado entre los oyentes, en el jardín botánico. Me acerqué y no dijo mucho: sonreía, escuchaba.

Sam Hamill también tenía pelo y barba blanca (éstos, cortos, no como Cardenal). Había fundado no sé qué institutos. Era un “poeta por la paz”. Ahora, qué sorpresa, abrir de repente el baúl de recuerdos de mi cabeza (no conservo nada escrito de esa época) y que salgan tantas cosas, veo perfectamente uno de sus poemas: “Eyes wide open”. Me acuerdo de su último verso: “if you only listen with your eyes wide open”.  (Acabo de buscar en Google y sí, no me equivoco. Y al volver a leer el poema me ha llegado la sensación del momento, el teatro en el que estábamos, su figura, todo. También el nombre de Rita Dove, otra de las poetas norteamericanas).

De Gioconda Belli recuerdo de su fuerza arrolladora y su abundante pelo rojo. De su poesía no recuerdo nada y ahora probablemente no la leería, pero me acuerdo bien de cómo dijo: “¡Nicaragua es mi hombre con nombre de mujer!”

El día del autógrafo cursi (?) estaba en la misma mesa Sujata Bhatt, de la India (y un irakí cuyo nombre no recuerdo, que también me impresionó). El poema de Bhatt “The Stare” es uno de los que más recuerdo entre todos, quizá porque apelaba a mis temas de entonces y por lo bien que logré recrearme la escena… “There is that moment / when the young human child / stares / at the young monkey child / who stares back…”

Recuerdo a Christian Uetz y una poesía teatral que nunca había visto. (Creo que ahora hay muchos "performances". Vi uno en YouTube, qué bah. En nuestros tiempo no vi ningún show de ese tipo). 

Un tal Chirag Bangdel (de este sí he tenido que buscar su nombre en internet) nos invitó a su hotel después de un recital. Fuimos al día siguiente por la mañana. Tuvimos una buena conversación en el comedor, pero descubrimos –oh ingenuidad de entonces- que es mejor no aceptar ese tipo de invitaciones. No fue muy directo, así que antes de cualquier comentario un tanto más explícito nos fuimos agradeciéndole su tiempo.

Me acuerdo bien de Juan Vicente Piqueras. Nunca he sido de esas jóvenes enamoradizas, amantes del amor, que suspiran por un novio poeta. De haberlo sido, Piqueras probablemente hubiera sido el flechazo. Joven, alto, serio… y un auténtico poeta. Quizá, dicho así, un poco precipitadamente, el que me más me gustó de todos. Su poema “Palmeras” me ha perseguido desde entonces y muchas veces, aún hoy, me encuentro repitiendo los primeros versos: “Nacemos de la sed / Somos palmeras que van creciendo a fuerza de perder sus ramas / y sus troncos son heridas…” Hasta aquí lo recuerdo de corrido, pero hubo un tiempo en que podía recitarlo de memoria.

Otros dos españoles que escuchamos en el Museo de Antioquia (donde están expuestas las obras de Fernando Botero): Antonio Porpetta y Guadalupe Grande. Antonio ya se veía mayor y era un auténtico caballero. Nunca he vuelto a ellos, pero recuerdo esa sutileza de algún poema erótico. Poesía aparte, la personalidad de Antonio logró fascinarnos. De Guadalupe recuerdo dos cosas: “El hombre es un signo de interrogación que ha perdido su pregunta” que nos dio después para mucho tema y hasta bromas internas, y un comentario que hizo respecto a la poesía. Decía, y aquí mi memoria puede engañarme, que uno como poeta no sabía bien lo que hacía, que era como tirar una botella con un mensaje secreto al mar: nunca sabías si alguien la había recibido, si alguien leería ese mensaje. Que quizá eso era lo que ella hacía, ir lanzando botellas al mar, con la esperanza de que alguien pudiera recogerlas.

De los colombianos, además de Andrea, sólo recuerdo a Fernando Rendón, el promotor de los festivales, a su amigo Juan Manuel Roca y a Pablo Montoya. A Roca lo escuché recientemente y me gustó algo más de lo que me gustó entonces. A Montoya le he perdido la pista, pero creo que es una gran personalidad en el mundo artístico y poético colombiano. Yo de esas cosas no sé mucho.

Sé que también estuvo Meira del Mar, pero no recuerdo haberla escuchado. Recientemente leí algunos de sus poemas que me parecieron realmente buenos.

¡Cuántos poemas habremos escuchado durante estos tres años! Cuánta basura, cuántas grandes obras, no sabría decirlo. Ya no tengo las memorias de esos festivales. El 2007 fue la última vez que asistí y desde entonces no he vuelto a estar en Medellín por esas fechas. Tampoco este año, aun viviendo en Medellín, estaré en la ciudad durante los días del Festival. Sé que el festival ha crecido y han traído grandes firmas. Hubiese querido conocer a Adam Zagajewski, por ejemplo, que estuvo hace un par de años. Pero sé que también abunda el faroleo. 

Es mucho lo que ha llovido desde aquellos días del 2005. Antes veía la poesía en abstracto, sin filtro, de un modo más puro, digamos, menos crítico, pero a la vez más torpe. Ahora ya sé qué me gusta. O eso creo. Lo más probable es que en los próximos años no vaya a estar en Medellín durante las fechas de un festival. Ni lo rehuyo ni lo deseo. Hoy, simplemente, he querido volver al blog, con un recuerdo que tenía ahí latente, medio olvidado, pero siempre presente. Me ha sorprendido abrir la tapa y ver todo lo que salía. ¡Yo, con tan mala memoria, venirme a encontrar con nombres propios, versos, sensaciones...!

Aquellas largas jornadas prepararon un terreno para la siembra de poesía que siento que fueron los años de España y todo lo que el descubrimiento del blog de EG-M ha supuesto. Creo que la poesía  es de los mayores tesoros que guardo, compartido por una inmensa minoría (más inmensa aún en esta época de mi vida). Por eso quizá me he olvidado de tantas cosas, pero no de esto, no.

“Al cabo”, sigamos con más versos, esta vez de la época de España, que más repito, “son muy pocas las palabras / que de verdad nos duelen, y muy pocas / las que consiguen alegrar el alma”.

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